A mi hermana le pisó un cóndor, no es cosa de broma. Por un momento sus miradas se encontraron. Aquella especie de pollo antediluviano clavó sus ojos milenarios en el dulce verdor del iris de mi hermana, como queriendo disculparse.
El cóndor se fue después, paseando con un tambaleo insultante; mientras mi hermana se frotaba el arañazo del tobillo derecho.
Desde entonces, cada solsticio de invierno, el pie de mi hermana se pone negro, mientras ella construye pequeñas pirámides con adoquines, tararea extrañas melodías y observa, llorando, la salida y la puesta de sol.


