Observé atentamente a los dos hombres. Uno, alto, de aspecto endeble, tenía cierto aire prepotente; el otro era bajo, compacto y rudo. Elegí al segundo. Transmitía calidez, confianza, como una manta en un sofá.
Le pregunté, y dijo que sí; pero su enorme mano no dejó de apretar mi muñeca.
Le di las gracias por permitirme ofrecer una explicación.
Luego le conté todo.
Mi hijo disfruta escuchando pequeñas historias. Son historias porque no son cuentos. Los cuentos se guardan en la estantería, y las historias en la cabeza.
Le hablaba a mi hijo sobre la nueva casa. Le prometí que en el techo de su habitación pegaríamos unas estrellas que brillen de noche, como las de verdad.
—¿Sabes cómo brillan las estrellas de verdad? —le dije a mi hijo.
—No —contestó—. De noche sólo veo las farolas.
De noche sólo veo las farolas.
El hombre me soltó, se quitó la gorra, jugueteó con su placa de policía y escrutó el cielo negro.
—Y cortó usted la luz —dijo.
—Sí —contesté.
—De toda la ciudad —insistió.
—Sí —dije.
—¿Y le han gustado? —preguntó—. Las estrellas.
—Mucho —respondí.
—Salga usted de aquí —dijo—. Y abrigue al crío.






