martes, 30 de abril de 2013

Lions are made for cages


El grueso cristal de la pecera deforma la imagen de quien baila fuera, y de lo que hace. El vaso y los hielos, y el lento girar del taburete junto a la barra. También deforman.
Los barrotes no. La reja, la malla, la verja, difuminan. Pero no deforman. Por eso la verdad está en los ojos del león. Y es una verdad triste, una verdad rencor, una verdad paciente.
Y el león que corta su melena quiere sólo transformar la reja en cristal, y cambiar el nombre a quien baila fuera, y tornar su verdad triste y sólida en una verdad blanda y psicodélica, translúcida a media voz; una resignación de caramelo; una verdad en la que no haga falta creer.

lunes, 8 de abril de 2013

Cruzando

Enormes fragmentos de espejo roto flotan a la deriva en un mar de mercurio. Dalma gatea extraviada sobre el cristal; una mano se le hunde en el líquido y la retira veloz, con asco, con rabia. Las gotas de mercurio retroceden desde sus dedos y caen de nuevo, pacientes, sabedoras de que volverán. Dalma gatea en círculos, en zig-zag, en vano. Hunde otra vez un dedo, un codo; hasta el hombro ahora. Su rostro descansa en el filo del espejo, y su boca roza el suave mercurio, que la acaricia, que la acuna.
Dalma gira el rostro y lo introduce allí, despacio, con las manos apoyadas en una postura de leona sedienta derrotada. Y aspira, bebe, traga, esnifa el mercurio, que tarda en entrar pero vuela al seguir entrando. Sus brazos sienten el nuevo peso que la posee y la envuelve y la recorre hasta teñir de azogue las uñas de los dedos de sus pies.
Plateada, conquistada, Dalma mantiene esa apariencia de bebedora de charca. Y entonces sopla, grita, escupe y vomita con todas sus fuerzas; hasta que el cuerpo de carne comienza a salir del disfraz de mercurio.

Al otro lado, Alice, sentada en la hierba junto al lago, observa el agua hincharse, el surtidor plateado; ve salir una lengua larva que tantea el mundo nuevo, una boca crisálida que la sigue y la encierra; un cuello que pasa alrededor de la boca, una cabeza metamorfosis alrededor del cuello. Y ve a Dalma brotar, parirse marcha atrás en la superficie del lago con un suspiro de termómetro roto.

-Diecisiete, conejo. Ya son diecisiete –dice Alice-. Están viniendo todos.



Este texto forma parte de la antología Destellos en el cristal, editada por la Internacional Microcuentista.


jueves, 14 de marzo de 2013

De muertes a extrañezas,
el Libro objeto

Hace un par de meses tuve la enormísima suerte de recibir una invitación. Norberto Luis Romero, escritor y editor artesano, quiso regalarme la oportunidad de ver publicados algunos de mis textos en su editorial Las puertas del hacedor.
El resultado ha sido una pequeña recopilación de nueve microrrelatos que recorren de a tres el breve camino de muertes a extrañezas.
Os hablaría de texturas, del olor, del peso de la muerte escrita y de cuánto aprieta el cordón; pero jamás os haríais una idea. De modo que os invito a ver algunas fotos y a visitar la página de la editorial Las puertas del hacedor, y la del propio Norberto Luis Romero, de cuyas manos brota algo así como la materialización lectora.


lunes, 18 de febrero de 2013

Silicona fungicida

No era un bote tan grande. O tubo, como se llame, no soy un experto. A lo largo de las primeras seis o siete pulgadas se percibe mi pulso inestable, la presión desigual. Luego es más sencillo. Una línea gruesa de sellador blanco recorre la grieta entre la bañera y el mueble. Sigo hacia abajo, prolongando ese relleno inocuo y permanente. Paseo por los rincones recónditos del baño, sorteando una horquilla, varios pelos; salgo al pasillo y alzo hasta el techo la punta de la pistola. Tapo las ranuras que aparecen en la pintura cuando la casa se mueve, voy hasta el rincón y rodeo a la araña y su columpio malabarista. El cordón blanco prosigue interminable -un cable de antena-, y baja las escaleras hasta la cocina, para escapar pegado a la pared, como un ratón con frío, y salir a la calle. Allí me detengo junto a baldosas sueltas que a veces salpican bajo la pernera del pantalón, como escupitajos traidores de gentes de las cloacas. Voy por la calle y ciego esa ruidosa ranura bum, bum, bum, en la ventanilla del coche del adolescente, inflo con presión increíble el neumático de un vecino y duplico la línea continua de la calzada principal. Voy sellando los agujeros que encuentro, en la cabeza de un asesinado, en la rama de un árbol. Tapo de aséptica buena intención los ojos y la vagina de la puta que enamoró a mi amigo.

viernes, 25 de enero de 2013

¿Cuántas guadañas harían falta?

¿Qué quieres que diga? Que se caga en todos, que ojalá se murieran y dejaran sus puestos vacantes de vergüenza póstuma. Que a la mierda con ese enriquecimiento de conspiración pactada que ellos quieren disfrazar de un altruismo insomne y protector de masas.
¿Qué va a decir Wurlington? Que la culpa de que nadie salte la tiene la desconfianza. Que nadie quiere levantarse por miedo a que el vecino le quite la silla. Por eso permanecen sentados. Permanecemos sentados. Avasallados por la aplastante certeza de que la única solución es la guadaña. Ni siquiera un cepillo de ésos de cerdas tan rígidas. La guadaña. Rasurar y dejar que se precipite al carajo lo recién segado. Eliminar la clase política que nos roba el dinero que nos queda tras pagar a la clase política que nos roba el dinero.
Wurlington piensa en la sangre y el desenfreno, y entonces dice que no; que él no empuñaría la guadaña. Que con la guadaña se corta uno fácilmente el pie. Y entonces entra su hijo a la sala. Su hijo, que tal vez no estudiará, que tal vez se muera un día porque quién paga un médico. Y Wurlington busca la guadaña para salvarlo de estos hijos de perra con relojes tan caros y muchísimos coches, y pisos y dietas por vivir cerca del trabajo.
Y con la guadaña en la mano piensa en quién ocupará su lugar cuando salga a la calle solo y loco, segando al aire, y lo atrapen y lo silencien. Y entonces vuelve a su silla, a su sala, a su ahorro escondido y a cagarse en todos y que ojalá se mueran.

sábado, 29 de diciembre de 2012

Dalma tangencial

Y quién iba a imaginar que algo así ocurriría, demonios, quién iba a sospechar siquiera la sensación extraña de alivio, mientras mamá desgranaba lamentos y sumaba puntos entre los dedos, entrechocando aquellos ganchillos enredados de lana roja, como si tejiera los hilos de sangre que brotaran de su hija unos minutos atrás.
Y quién, en fin, perdonaría ese rehuir la visión de la agonía, ese darnos la vuelta todos en formación; la cara contra la pared y la espalda expuesta a la extinción de Dalma, joven aún, que jadeaba en un degüello. Dalma, que fue tanto tiempo centro de nuestras vidas orbitales; que derramó su ausencia en medio de un salón, de una insólita sobremesa abrupta.


El año pasado nos pareció mal que el Círculo Cultural Faroni
declarara desierto su certamen anual de hiperbreves.
Este año alguien se la ha metido doblada.
Doblada e inédita.
Indómita y mística.
Dindúmila y cacafufa.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Inquilina

a I. L.

Cierro el bar, enciendo un cigarro y dejo cinco euros en la caja. Saco dos Heineken. Las abro.
Bebo de la mía y miro la otra. Sola.

Acabo mi cigarro. Acabo mi Heineken y miro la otra. Sola. Inquilina de un recuerdo, poseída del duelo de haber perdido el tiempo, con un brillo fresco y verde de luto de mierda.
Qué sola estás, hija de puta. Y la tiro por la fregadera.

jueves, 25 de octubre de 2012

El siamo

A Pablo Gonz

Toda mi parte delantera no es sino aquello que fueron las tripas del siamo.
El siamo nació simétrico, con dos nucas, dos espaldas, cuatro glúteos. Las manos de doble dorso y talones a norte y sur.
No sé qué sierra, qué laser, qué ingenio desgajó al siamo. Ni dónde fue a parar mi gemela confrontación. Sólo sé que, a veces, si me enmimismo, siento una nariz mía apoyada en mi nariz.

miércoles, 3 de octubre de 2012

Me dijo Wurlington (y III)

“Esta noche apenas he dormido. Pensaba en unas cosas, y luego en otras. Después no recordaba qué había pensado sobre las primeras. El insomnio es, sin duda, una actividad productiva. Como la tos tuberculosa. Recientemente caí en la cuenta de que tengo una almohada tan dura y tan gruesa que en ocasiones parece que es la pierna de alguien.”

jueves, 13 de septiembre de 2012

Dejar correr

Ayer empecé a bajar la persiana. Suave, sin hacer ruido.
Después de nueve o diez brazadas comprendí que no iba a terminar. La persiana corría ante mis ojos y desaparecía tras la pared. Algún rollo infinito alimentaba el universo con mi persiana. Una cinta interminable corría en mis manos laceradas.
Ha amanecido. Oigo los pájaros.
Sigo haciendo correr la cinta. No pienso detenerme. No voy a subir la persiana. ¿Qué clase de mundo puede haber ahí fuera?