viejo escenario de infancia.
Gracias a Pseudópodo, que aunó los recuerdos
de los que veíamos lo mismo en la estantería.
Con este amargor tan extraño no puedo dormir. Es curioso dónde sabe el dolor. Bien atrás, a los lados de la lengua. Como la adrenalina en la boca. Pero la adrenalina sale disparada de la lengua hacia el paladar; y este amargor terrible, este cansancio en los lacrimales, va sólo hacia dentro, se absorbe, colecciona recuerdos de amigo muerto y los guarda allí al fondo, donde duele al tragar.
A mi hermana le pisó
un cóndor. Creímos que no fue más que eso. En aquel momento sólo supimos que el cóndor pasaba a su lado y que ella gritaba. Luego vimos al cóndor echar a volar.
No imaginaba que un cóndor pudiera levantar así a una persona. Yo creo que el bicho se enamoró, porque, según el microchip, ahora vive en Cerro Torre, entre Chile y Argentina. Con mi hermana, claro.
Le he dicho que me dejara en paz, que lo de este lunes no me lo pierdo.
Y le he dado los cincuenta euros, claro.